Un apellido honorable | La Prensa Panamá


Desde muy temprana edad, mi padre Pedro Joaquín Chamorro Cardenal me inculcó el orgullo por el papel que ha jugado la familia Chamorro desde nuestra independencia hasta nuestros días. Él mismo con su ejemplo y por sus propios méritos fue declarado “Mártir de las Libertades Públicas” a raíz de su asesinato en 1978 y el 3 de octubre del 2012 “Héroe Nacional” en forma unánime por la Asamblea Nacional.

Durante la historia de Nicaragua varios miembros de la familia Chamorro han ocupado la Presidencia de la República; pero como apunta muy correctamente el Doctor Julio Ruiz Quezada en un reciente artículo publicado en La Prensa bajo el título  “la familia Chamorro en la historia nacional”, en el que repasa fugazmente el papel de los Chamorro en la formación de la nación: “no tienen nada de que afrentarse. Los que ocuparon la presidencia nunca fueron dictadores, tiranos o dinastas. Por ello considero infortunadas las frases expresadas por la primera dama de la nación”.

Las primeras borrascas electorales parecen haber nublado la memoria y conocimientos adquiridos por Doña Rosario Murillo, quien sirvió por muchos años al lado de mi padre y lo conoció de primera mano, tanto a él, como a mi madre Violeta Barrios de Chamorro.

Y si tan solo se refería a esta última, que con igual orgullo que llevaba su apellido Barrios, adoptó y honró el apellido de su marido, dando continuidad y materializando sus ideales, tengo que recordarle, que mi madre trajo la presea más valorada por nuestro pueblo, que es la paz. Con la paz, vino el progreso y con el progreso, la esperanza.

Ningún Chamorro que llegó al poder, tuvo el afán reeleccionista o dijo: “vamos con todo” contra su propio pueblo y todos dieron el ejemplo republicano −que tanto ha escaseado en nuestra historia− de marcharse a su casa al cumplir su período y no pretender la sucesión de un hijo, o su cónyuge, como ocurre en las monarquías absolutistas.

El “pecado” de mi madre no fue haber vendido lo que quedaba del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, ya en obsolescencia y bancarrota, que fue introducido al país por mi tatarabuelo Pedro Joaquín Chamorro Alfaro 1875-1879, quien introdujo también el telégrafo, la educación gratuita y grandes avances sociales y a como lo hizo mi madre, canceló una deuda federal de 150,000 pesos que asumió el país con su independencia en 1821.

El “pecado” de mi madre es haber transformado el Ejército de Nicaragua y la Policía Nacional en instituciones profesionales, apolíticas y apartidistas; el haber transformado los poderes del estado en poderes independientes, como en la república que soñó mi padre y haber sido el presidente más sencillo, humilde y campechano de nuestra historia.

Ella no tuvo mayores aspiraciones más que cumplir su misión y retirarse a su casa luego de haber logrado la condonación de la agobiante deuda externa de 12,500 millones de dólares que recibió del gobierno sandinista. Su “pecado” fue quizás permitir la vigencia irrestricta de las libertades ciudadanas, que desde hace tres años nos han sido conculcadas.

Es bien fácil defender la trayectoria de mi familia, porque está a la vista de todos. En un tweet reciente que yo secundé porque me pareció muy oportuno, mi hermano Carlos Fernando dijo: “la trayectoria de mi familia se defiende por sí sola. Ortega y Murillo no pueden defender la suya”.

¿Cómo explicar el régimen de represión que han impuesto, la conculcación arbitraria de las libertades ciudadanas, las leyes represivas y totalitarias aprobadas recientemente para darle un “basamento legal” a la dictadura en su afán enfermizo de atornillarse al poder a cualquier costo?

Tendrán mucho que explicar ante la historia y a las generaciones venideras.

El autor es periodista, ex ministro y ex diputado.



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