Sobre el esfuerzo nacional en la recuperación de nuestra economía


Nada fortalecería tanto a la nación ahora como la solidaridad en el consumo de lo nuestro. Y por consumo no me refiero únicamente a aquello que comemos, sino a todo lo que nace del esfuerzo y de la creatividad de todo panameño; desde el peón que limpia los potreros, hasta chef que crea platos exquisitos para el paladar; desde la empleada doméstica que cuida con esmero a nuestros hijos, hasta la científica que idea las nuevas fórmulas para el mejoramiento de la vida. Todos debemos, por ejemplo, procurar hacer turismo interno y poner a circular lo poco o lo mucho en nuestro propio suelo. Ahora, más que nunca, se hace de importancia visitar ese Distrito de Barú o conocer Chiriquí Grande; viajar a Guna Yala y a las Palmas del Darién; conocer los ríos caudalosos como el Chiriquí Grande o las playas tan extensas del Pacífico y tan cristalinas del Atlántico.

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Será la solidaridad entre nosotros la que orientará probablemente el rumbo hacia la recuperación económica. Cada dólar que se gasta en nuestro suelo, debe circular en nuestro suelo. No es momento de hacer fuga de los capitales hacia el extranjero, pero sí es momento para atraer y conservar todo lo nuestro. Pocas veces en la historia nos hemos visto forzados al encuentro de tareas monumentales como la recuperación económica de nuestro país. Cada panameño debería convertirse en un embajador y en anfitrión de la riqueza natural, histórica y cosmopolita de nuestra tierra, procurando sobre todo la amabilidad hacia los turistas, locales y extranjeros.

El reto que enfrentamos requiere de unidad fortalecida, que no pueda ser resquebrajada por mezquinos intereses personales y políticos. Suena muy difícil, sí, pero no es irrealizable. Porque cuando este buque que llamamos patria haya hecho agua, todos debemos necesariamente trabajar en achicar la inundación y reparar el daño, o naufragar en medio de penurias y necesidades que, como la pandemia, afectan sin discriminación alguna a todos.

Tuve la ocasión, por vez primera, de subir hasta la cima del Volcán Barú. Todo cambia en ese entorno, progresivamente, majestuosamente, conforme asciende el visitante.

No es momento de hacer fuga de los capitales hacia el extranjero, pero sí es momento para atraer y conservar todo lo nuestro. Cada panameño debería convertirse en un embajador y en anfitrión de la riqueza natural, histórica…

El clima y la naturaleza se entrelazan en una forma tan visible que, sin ser expertos, sabemos que estamos por entrar en mundos diferentes. Ya no hay que hacer la travesía a pie, que toma de 6 a 8 horas, subiendo por el lado de Boquete, sino que puede uno ascender en carro, pero solo con choferes experimentados y en vehículo 4×4. Me satisface, como panameño, haber llegado hasta esa cima del Volcán, en esa tierra en que nací; pero sobre todo, me llena de satisfacción el hecho de haber interactuado con extraños que se ganan la vida en esa industria del turismo, con penurias y sacrificios, y poder haber contribuido solidariamente con su ingreso familiar, que circulará por esta tierra como el pan aquel que al arrojarlo al agua vuelve nuevamente al que lo tira.

Me llena de satisfacción haber podido conocer a aquellos miembros de la fuerza pública que están atrincherados en la cima como vigilantes y que cuentan solamente con necesidades básicas y escuetas que serían una penuria para el resto de nosotros. Ese pequeña acción de conocer y visitar nos hace solidarios con los nuestros y nos hace comprender que todos, en esfuerzo unificado, podemos escalar la cima de objetivos nacionales sin los cuales podría decaer profundamente la nación.

Abogado.



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