qué le pasa a tu cuerpo cuando el miedo te paraliza y te sientes impotente


Todo el mundo conoce la sensación de parálisis que pueden provocar sentimientos como el miedo, la angustia o la ira. Pues, como todos los fenómenos que se dan en el cuerpo humano, tiene una explicación científica.

Se trata del ‘secuestro de la amígdala’, un término que describe aquellas respuestas emocionales inmediatas y abrumadoras que no son proporcionales al estímulo real.

¿Qué es exactamente?

La amígdala, en este caso, es una parte del cerebro localizada en la profundidad de los lóbulos temporales del cerebro, y forma parte del sistema límbico, responsable de todos los aspectos de nuestra psique que tienen que ver con lo afectivo. En concreto, la amígdala juega un papel central en el procesamiento y almacenamiento de información emocional.

Habitualmente, la amígdala recibe a través del tálamo una parte de los estímulos recogidos por los órganos sensoriales, mientras que el resto van a parar al neocórtex, el ‘cerebro racional’. Al mismo tiempo, el hipocampo, que realiza funciones relacionadas con la memoria registra la experiencia y la compara con otras previas.

 A grandes rasgos, el aspecto clave tiene que ver con las sutiles diferencias en la velocidad de procesamiento entre las tres estructuras, teniendo en cuenta que el neocórtex es la más lenta. Así, si el hipocampo le dice a la amígdala que la experiencia coincide con otra previa de ‘lucha, vuelo o congelación’, la amígdala activa el eje HPA (hipotálico-hipófisis-suprarrenal) y ‘secuestra’ el cerebro racional.

Al ser más lento el neocórtex, todo sucede antes de que éste pueda responder al estímulo, lo que puede llevar a que la persona se quede paralizada o, en casos más extremos, que reaccione de forma irracional o descontrolada.

¿Por qué ocurre?

Lo cierto es que en todo ello hay un componente evolutivo. Las emociones tan fuertes centran toda la atención del sujeto, y le permiten reaccionar, en uno u otro sentido, con una velocidad extraordinaria.

Imaginemos, por ejemplo, a un primitivo Homo Sapiens tratando de cazar en la espesura cuando, de pronto, capta con su visión periférica el patrón de colores de un predador, como un jaguar. Si se parase a mirarlo, cercionarse de que está ante una amenaza y luego decidir la mejor estrategia, posiblemente perdería un tiempo muy valioso que podría costarle la vida. En cambio, si se queda inmediatamente paralizado, es más fácil que pase desapercibido, aunque después tenga que afrontar la decisión de qué hacer a continuación.

Es decir, el secuestro de la amígdala probablemente otorga una ventaja evolutiva, al facilitar la supervivencia en ciertas situaciones. Sin embargo, tampoco hay que olvidar que en otras situaciones puede llevar a una persona a actuar irreflexivamente, por ejemplo con una agresión.



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