Por una vida prolongada y saludable


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Jorge Luis Prosperi Ramírez

“[…] el 2020 fue el primer año del decenio del envejecimiento saludable, y reiteramos el compromiso con superar la desigualdad social y económica […]”

Hace algunos años, las autoridades de salud mundiales, reunidas en la 69.ª Asamblea Mundial de la Salud, aprobaron la Estrategia y plan de acción mundiales sobre el envejecimiento y la salud 2016-2020: hacia un mundo en el que todas las personas puedan vivir una vida prolongada y sana. La mayoría de las intervenciones propuestas no fueron puestas en marcha, como lo demuestran las precarias condiciones socioeconómicas que padece un elevado porcentaje de nuestra población de adultos mayores, así como el aumento sostenido de la prevalencia y mortalidad por enfermedades no transmisibles, las cuales durante el año 2020 fueron el principal factor subyacente asociado a las defunciones que causó la epidemia de COVID-19.

Los objetivos de esta estrategia estaban perfectamente alineados con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Para alcanzarlos, nos comprometimos con la adopción de medidas concertadas para encauzar las numerosas contribuciones que los adultos mayores pueden aportar al desarrollo sostenible y velar porque no se queden atrás. La estrategia se centraba en la capacidad funcional de las personas mayores. Este enfoque, se afirmaba, puede aplicarse a cada ODS, a fin de garantizar que se presta la debida atención a las necesidades y derechos de este grupo etario. Adicionalmente, no se limitaba en reducir la mortalidad en edades más tempranas, sino que se centraba en la calidad de los años adicionales que estas intervenciones nos permiten disfrutar.

La lectura de los dos párrafos anteriores puede inducir a algunos a pensar que se trata de agua pasada, la cual, como sabemos, no mueve molinos. Y de nada vale ahora lamentarnos por lo que pudo ser y no fue. Lo verán como oportunidades perdidas, que, ya no nos son de utilidad, pues, las cosas del pasado no se pueden cambiar ni producen ningún efecto en el presente.

Pero ese no es el caso, todo lo contrario. Como señalé en mi artículo previo, “en nuestro país, la garantía de una vida prolongada, sana y productiva para nuestras personas mayores no ha recibido la suficiente y necesaria atención política”; privándolos y privándonos de los potenciales aportes de este grupo al desarrollo colectivo. Es la hora de buscar ese necesario impulso político de alto nivel, que favorezca la organización de una respuesta coordinada a nivel nacional, así como la asignación de los recursos necesarios para proteger la salud de nuestros adultos mayores, incluyendo la atención a los determinantes sociales de la salud.

Para los 500 mil panameños mayores de 60 años, el acceso a los factores protectores de la salud arrojará beneficios extraordinarios para su salud, bienestar y productividad. Incluso para las personas con pérdidas de capacidades, los entornos favorables pueden permitirles llevar una vida digna y continuar su desarrollo personal. Es un asunto pendiente, y estamos obligados a atenderlo para evitar un buen porcentaje de las casi 12 mil muertes que causan anualmente las enfermedades que afectan a las personas de la tercera edad.

Y ahí está la estrategia, esperando por su desarrollo, que no es tardío, pues las condiciones no son mejores y los problemas son los mismos. En el documento se esboza un marco de actuación que podemos adoptar durante los diez años de vigencia que le quedan a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los que proporcionan una base para las actividades de 2015 a 2030, en particular el objetivo 3: “Garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades”.

El documento propone la búsqueda de un mundo en el que todas las personas puedan vivir una vida prolongada y sana. Una nueva realidad en la que se promoverá la capacidad funcional durante todo el curso de la vida y en el que las personas mayores tendrán igualdad de derechos y oportunidades y no sufrirán discriminación por motivos de edad. Y ese es el Panamá que queremos para todos en todos los lugares, y deberemos buscar con ahínco, ahora que la llegada de las vacunas contra la COVID-19 nos permiten abrigar esperanzas.

Una mirada a los cinco objetivos estratégicos propuestos, nos permitirá verificar, sin lugar a duda, su plena vigencia hoy: 1. comprometerse a adoptar medidas sobre el envejecimiento saludable en cada país; 2. crear entornos adaptados a las personas mayores; 3. armonizar los sistemas de salud con las necesidades de las personas mayores; 4. fomentar sistemas sostenibles y equitativos para ofrecer atención a largo plazo (domiciliaria, comunitaria e institucional) y; 5. mejorar los sistemas de medición, seguimiento e investigación en materia de envejecimiento saludable. Los cinco objetivos estratégicos están además interrelacionados, son interdependientes, se refuerzan mutuamente y están armonizados con esta visión del envejecimiento saludable y productivo.

Como si lo anterior no fuera suficiente, les recuerdo que el 2020 fue el primer año del decenio del envejecimiento saludable, y reiteramos el compromiso con superar la desigualdad social y económica, que es causa de las desventajas en materia de salud, educación, empleo y obtención de ingresos, que comienzan temprano, se refuerzan mutuamente y se acumulan a lo largo de la vida entre las personas con mayor incidencia de pobreza multidimensional. ¡Es un asunto pendiente!

Médico, exrepresentante de la Organización Mundial de la Salud (OMS).



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