Entre la comida ‘limpia’ y la obesidad, el difícil equilibrio de la alimentación de los hijos


En el siglo XXI, que se está convirtiendo en el de la polarización, encontramos dos llamativos grupos de criaturas. En uno estaría el nieto de los dueños del colmado de mi barrio: un niño de unos once años que se pasa la tarde en la tienda, con sus abuelos, comiendo ganchitos, chucherías y bollería industrial y si tiene sed, bebiendo un refresco de naranja.

El chaval, tímido y educado, ya está en dos estadísticas: forma parte de ese 34% de menores con sobrepeso que hay en España y de esos tres de cada diez niños con “obesidad abdominal” que ha detectado un reciente estudio de la Sociedad Española de Cardiología. Entre otros, la obesidad abdominal está relacionada con un mayor riesgo de sufrir problemas cardiovasculares y enfermedades como la diabetes tipo 2.

‘Comida limpia’

Hay un grupo de niños alimentados por padres obsesionados con la dieta saludable, que solo comen productos orgánicos y no han probado el azúcar, ni la sal, ni el gluten ni la comida procesada

Pero vayamos al segundo grupo, en apariencia, mucho más amable y aún minoritario: sería el de los niños alimentados con lo que se conoce como “comida limpia”. Hijos de progenitores de clases medias y altas cuyos padres han llevado el concepto de comida saludable varios grados más allá. Están obsesionados. Por ello, sus hijos únicamente comen productos orgánicos y no han probado el azúcar, que es visto como el demonio en algunos hogares. Ni la sal, el gluten y, por supuesto, la comida procesada.

Como tantas otras, la tendencia del “clean eating” empieza en Estados Unidos, donde ya existe una potente industria a su alrededor. Algunos de sus paladines son personajes como la actriz Gwyneth Paltrow, que en 2013 reveló en un libro de cocina que ni ella ni sus hijos comían hidratos de carbono, arroz, leche y huevos. Paltrow explicó que después de hacerse una serie de análisis descubrió que toda la familia “éramos intolerantes a estos alimentos, además de a otros que siempre pensé que eran saludables”. Controvertida divulgadora de todo tipo de pseudociencias, Paltrow añade que en su conversión a una “dieta muy limpia y muy sana” la guió un doctor “que combina la medicina tradicional con la nutrición, la osteopatía, el Ayurveda, la medicina tibetana, la antroposofía, la acupuntura y la sanación por energías”. Si nos atenemos a las recetas de su libro, ella y sus hijos se alimentan a base de quinoa, aguacate, kale y pescados salvajes. Beben leche de almendra y de coco y endulzan con azúcar de abedul lo que consideran conveniente.

La preocupación por los los hábitos alimentarios de los hijos, a priori normal y saludable, se puede convertir en una obsesión”


Roger Ballescà, psicólogo

Roger Ballescà, coordinador del Comité de infancia y adolescencia del Col•legi Oficial de Psicologia de Catalunya

No es la única celebridad que presume de ser la madre que cocina más “limpio” del mundo. Alicia Silverstone, otra intérprete, explica que su hijo Bear, pese a tener el nombre de un enorme omnívoro, es vegano. La actriz está “comprometida” a procurarle “una dieta orgánica, basada en vegetales; solo los más puros y saludables posibles. Queremos que tenga un sistema inmune fuerte, que sea super sano”.

Aunque las vidas de estas millonarias de Hollywood parecen estar a años luz de las nuestras, la sociología ya ha demostrado que los hábitos de los ricos se traspasan a las capas sociales inferiores. El movimiento por la crianza natural, por ejemplo, que se está convirtiendo en tendencia dominante, también tiene su origen entre las clases altas californianas. En sintonía, la obsesión por la comida híper saludable está llegando a los hagstags de Instagram (#cleanfood #cleaneating) y a nuestros lares. Como las ganas de explicarlo, para demostrar que somos los mejores padres. Así, si nuestras criaturas comen un huevo ecológico al día o desayunan aguacate, se cuenta en las revistas. Hoy, la buena madre es la que alimenta orgánico y “limpio”. La que veta productos que hasta ahora nos parecían inocuos.

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Los defensores de la ‘comida limpia’ únicamente consumen productos orgánicos, Er

Getty Images/Westend61

Y escribo «madre» porque, culturalmente, la responsabilidad de alimentar a los hijos ha recaído en las mujeres. Desde siempre, el tener un hijo “bien alimentado” ha sido sinónimo de buena progenitora. Este concepto, sin embargo, ha variado con el tiempo: en la Posguerra criar un hijo gordo era un signo de estatus, de una despensa llena. Hoy, el sobrepeso infantil se da en las clases bajas y es casi un signo de negligencia. En el otro extremo, los niños orgánicos y veganos son patrimonio de los más pudientes.

Todo ello con un coste y no solo económico. La alimentación de la prole, desde tiempos inmemoriales, genera grandes dosis de estrés. “Sí, es así: hay algo muy ancestral, muy visceral, con la cuestión de que tenemos que tener a nuestras criaturas bien alimentadas”, explica Roger Ballescà, coordinador del Comité de infancia y adolescencia del Col•legi Oficial de Psicologia de Catalunya. Esta preocupación “tenía mucho sentido en momentos de carencia de alimento. Sin embargo, ahora estamos en una época de abundancia. Lo que ocurre es que hay un elemento cultural: la alimentación en la infancia, que está un poco sobredimensionado, tanto por lo que respecta a la cantidad como a la calidad”. Y para algunas familias, añade: “La preocupación por los los hábitos alimentarios de los hijos, a priori normal y saludable, se puede convertir en una obsesión”.

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Ballescà trabaja mucho los trastornos obsesivos compulsivos. Y no duda que, llevada al extremo, esta tendencia por la “comida limpia” puede convertirse en uno. Me remite al término “ortorexia”, que aunque aún no está reconocido como enfermedad por la OMS, se utiliza para denominar la obsesión por la comida sana. “Es un trastorno obsesivo, sí. Del mismo modo que una persona obsesiva comprueba si ha cerrado el gas quince veces, pues es exactamente lo mismo: es un hábito saludable que se convierte en un trastorno por la vía de llevarlo a su extremo. Aquí está la paradoja”.

¿Dónde estarían las líneas rojas entre comer sano y obsesionarse? “Cuando hay una ausencia de flexibilidad. Esa es la clave”, responde. “Una cosa es que quieras alimentar a tu hijo de forma correcta y no pasarte con los azúcares o los alimentos procesados, y la otra es que no se pueda hacer ningún tipo de excepción con estas rutinas”. Otro elemento que nos indica que hay algo problemático: “Es saber de dónde viene esta inquietud; si es desde el sentido común o desde el miedo y la ansiedad”.

‘Clean eating’

La actriz Gwyneth Paltrow es uno de los paladines del movimiento y ella y sus hijos comen a base de quinoa, aguacate, kale y pescados salvajes

Aunque es muy positivo desarrollar buenos hábitos alimenticios desde la niñez, una obsesión por la comida sana también tener consecuencias. Como niños y adolescentes que sienten culpables, ansiosos —incluso, sucios—, por comer un día alimentos prohibidos, como unas patatas fritas, un helado o una pizza.

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En Estados Unidos, un estudio de la Universidad de Pensilvania demostró que los niños criados con muchas restricciones en la dieta, en familias donde la comida “apetecible” está prohibida, son más ansiosos ante esta. Por contra, los que han podido probar de todo se sienten más tranquilos ante las tentaciones. “Es lógico”, dice Roger Ballescà. “De la misma forma que forzar a un niño a comer genera rechazo y aversión, la prohibición estimula el deseo”.

La dieta deseada

Lo más recomendable es no planificar una alimentación desde la ansiedad, el miedo, la inflexibilidad e incluso, las modas

Este experto aboga por vigilar y ser un poco flexibles; “Es decir, dentro de una dieta saludable se pueden incorporar algunos elementos que tienen más que ver con el placer que no con la dietética y la nutrición. El placer también forma parte de la alimentación”, señala.

(GERMANY OUT) Scene family: father, mother and two children having lunch in the dining room. The grandfather is visiting and there's Spaghetti with fresh salad. (model released) Aachen   (Photo by JOKER / Gudrun Petersen/ullstein bild via Getty Images)

Los expertos consideran que la flexibilidad también es un criterio a tener en cuenta para organizar las comidas familiares

Ullstein bild via Getty Images

Ni el terapeuta ni esta periodista ni el equipo de la Universidad de Pensilvania que elaboró el citado estudio sugieren dejar que los hijos coman todas las porquerías que quieran… Lo que se recomienda es no planificar una alimentación desde la ansiedad, el miedo, la inflexibilidad e incluso, las modas: “Porque es muy probable que esto genere dificultades alimentarias en el futuro”, señala Ballescà. Si esta cuestión, en cambio: “Se enfoca desde el sentido común, la flexibilidad y el respeto a la características de sus hijos, siguiendo sus ritmos, no se deberían generar problemas”. Al final, se trata de una cuestión de extremos y aquí el punto medio, como tantas otras cosas en la vida, es el que interesa.

Ni mucho ni poco

¿Acábatelo todo?

“A veces confundimos alimentar bien con alimentar mucho” advierte Roger Ballescà. La arraigada obligación a «acabarlo todo» todo puede acabar creándole una cierta aversión hacia la comida. “Si convertimos el espacio de la alimentación en una especie de tortura, en la que forzamos al niño a comer cosas que no desea o a comer por encima de sus necesidades de saciedad, lo que podemos crear es lo contrario que buscamos”.
Para el psicólogo, en esta cuestión la responsabilidad de los padres “tiene que ver con el qué se come, cuando, dónde y cómo”. Al niño le tocaría “decidir el cuánto; qué cantidad”. En caso contrario nos avanzamos a su capacidad de regular sus ciclos de hambre y de ansiedad. Lo mismo debería aplicarse en los comedores escolares: “Creo que es mucho más útil que puedan repetir, que ponerles un plato demasiado grande que los desmotive de entrada”.



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