el laberinto de la depresión de Leonard Cohen


“Well, I stepped into an avalanche…” no es un verso -menos aún si está apenas entonado- para dar entrada a un álbum a no ser que se pretenda que sus canciones conformen un laberinto. Y sin embargo, con esa penetración en la avalancha, Leonard Cohen comenzaba su idea de la depresión, un cajón apolillado en el que había acumulado suficientes torturas como para no abrirlo. Songs of Love and Hate, su tercer disco de estudio, veía la luz el 19 de marzo de 1971, lo que convierte a este viernes en su 50º cumpleaños.

Se trata de un disco con un sonido muy pesado, a propósito oscuro, como si el cantautor canadiense supiese que había de expiarse de cierta tralla de malditismo que arrastraba desde sus comienzos, que por aquel entonces solo eran otros dos vinilos: Songs of Leonard Cohen y Songs from a room. Tenía que cerrar esa trilogía apócrifa (puesto que nunca la pensó como tal) y lo hacía además en uno de los peores compases de su vida.

El futuro Premio Príncipe de Asturias de las Letras cargaba en su maleta la decepción de ser un escritor venido a menos. Sus primeros poemarios habían obtenido un gran éxito (llegando a ser considerado “el mejor poeta joven en la Canadá anglófona” por el crítico Robert Weaver) pero los últimos, así como su controvertida novela Hermosos perdedores, eran libros incomprendidos, una frustración que le había llevado a mudarse a Estados Unidos en 1967 en busca de un futuro en la música tras pasar una temporada de retiro en Hidra, Grecia.

Por contrato, por desidia

Lo fue consiguiendo, aunque a riesgo de su salud. Los críticos habían tildado su voz como “débil y lastimosa” y a sus canciones, “autoindulgentes”. “Tenían razón. No hubo victorias. Las medallas eran una farsa”, resume su biógrafa Sylvie Simmons en ese pasaje de la vida de Cohen (el libro, I’m Your Man) en la que el cantautor siente “una angustia profunda y paralizante” al verse en una cabaña de Tennessee, junto a Suzanne Elrod (su entonces pareja, que está escribiendo una novela pornográfica que nunca verá la luz), y obligado por la discográfica a lanzar otro álbum.

La grabación del disco es atípica. En 1991, en una entrevista con la revista Throat Culture, Cohen explicaría que su dificultad estribó en que “absolutamente todo estaba comenzando a desmoronarse” a su alrededor, desde “espíritu, intenciones y voluntad” a “una larga depresión”. Leonard Cohen intentó por todos los medios que la Columbia aceptara dos álbumes en vivo de su última gira, pero Bob Johnston, su productor, le dijo que a lo sumo aceptarían uno.

Así que, oficialmente, la grabación comienza en los Columbia Studio A de Nashville el 22 de septiembre de 1970, un día después de haber cumplido 36 años y cuatro días después de la muerte de Jimi Hendrix, con quien Cohen había estado hacía menos de un mes en el mitificado Isle of Wight Festival, y acabaría el 26 de ese mismo mes, ocho días antes del fallecimiento de Janis Joplin, a quien el poeta dedicaría alguna que otra composición.

Recogiendo viejas semillas

Las canciones que conforman Songs of Love and Hate no son originales ni compuestas expresamente para el álbum. Por eso sorprende que dialoguen entre ellas de una forma enfermiza, por la rareza que supone saber que el hastío vital de Cohen y su mortificación le venían persiguiendo desde hacía años, a través de una herencia judía que solo le recordaba a un padre muerto, el precipicio de las drogas, nombres de mujeres que se solapaban en la memoria y un desdén que le hacía despreciar el mundo que no recordaba haber amado.

A saber, de la Cara A: Avalanche, como poema, había aparecido en su libro Parásitos del paraíso (1966); Last Year’s Man ya la tocaba con una guitarra de 12 cuerdas que rompió en 1967, si bien es cierto que le tuvo que extirpar multitud de versos durante esos años para no hacer una canción eterna; de Dress Rehearsal Rag, que también escribió mucho antes, llegó a decir “No escribí esa canción, la sufrí” y nunca la cantaba en conciertos tras la publicación del disco; y en la canción donde Cohen utiliza su voz más desgarrada, Diamonds in the mine, dispara contra las religiones, la falsa amistad, los gurús médicos y hasta el machismo que obligaba a las mujeres a abortar. Y además acabaría versionándola y dedicándosela “al presidente de Estados Unidos” para protestar contra Vietnam.

Por su parte, la cara B comienza con Love Calls You by Your Name, que ya había grabado pero no publicado en 1967 con el título Love Tries to Call You by Your Name; le sigue Famous Blue Raincoat, que no es -del todo- autobiográfica pero que sí había escrito en el East Side de Nueva York cuando tenía un abrigo azul (de la marca Burberry) y con cuya composición nunca estuvo satisfecho del todo porque le encontraba “una cierta incoherencia”;Sing Another Song, Boys nunca se volvió a grabar: ya era perfecta la grabación de ella en el Isle of Wight Festival, que es la que se usó en el álbum; y finalmente Joan of Arc, que Cohen escribió en el Chelsea Hotel con una clara metáfora erótica para Nico, la cantante y modelo alemana (su verdadero nombre era Christa Päffgen) de The Velvet Underground con la que tuvo un affaire recién llegado a Nueva York después de que se la presentase Andy Warhol. 

Sincerely, L. Cohen

Todo lo críptico de Songs of Love and Hate forman un pequeño Antiguo Testamento de la depresión de Leonard Cohen: continuas referencias bíblicas, como Belén, Babilonia, cristianos contra leones en la arena de los coliseos, los pedestales, Juana de Arco, Jesucristo o la tierra prometida se entremezclan y entrecruzan con vivencias personales o ideológicas (una “daga Nazi” o el sentimiento de que la revolución de su generación fue inane) y un oscurantismo de raza macabra poblado por “canciones de dolor y de aversión a sí mismo en infinitas formas, incluyendo un jorobado, una inmolación, un cornudo, un suicida, un aborto, extremidades rotas, un cielo fracturado y un escritor fracasado”, dice Simmons.

Esa intensidad desmesurada y focalizada hizo que Songs of Love and Hate fueran un éxito de crítica, sobre todo fuera de las fronteras de Estados Unidos (principalmente en Reino Unido y Australia). Sin embargo, en una entrevista de 1973 con Alastair Pirrie para el New Musical Express, Leonard Cohen lo tildó de “experimento fallido”.

Con los años, ahora que se cumple medio siglo de su publicación, el status del álbum es bien distinto. Y no solo porque fuera, por ejemplo, el único disco de Leonard Cohen en la lista de los 500 mejores discos de la Historia que la revista Rolling Stone confeccionó en 2003 y reeditó en 2012 (en 2020 eso ha cambiado), sino porque sus canciones tenían un halo crepuscular que casa con especial mimo en la actualidad.

Al fin y al cabo, el cantautor canadiense hablaba con el corazón sin consuelo de mártires y soldados en una casa llena de espejos, de “hombres que desean querer y sus amantes que caminan en dirección contraria, lecciones aprendidas y olvidadas, la diversión que torna amor que torna tristeza” (Simmons). Pero dejaba una rendija abierta para que esa angustia no le consumiera.

Era la contraportada, que lejos de llevar los nombres de las canciones que componían el álbum, tenía escrito un breve poema: “They locked up a man/ Who wanted to rule the world/ The fools/ They locked up the wrong man”. Id est: “Encerraron al hombre/ Que quería dominar el mundo/ Qué idiotas/ Encerraron al hombre equivocado”.



MÁS INFORMACIÓN

SiteLock
Facebook