El efecto mariposa | La Prensa Panamá


Se nos olvidó que, de una u otra forma, todos estamos interconectados.Nos dedicamos a crear una sociedad cuadriculada, delimitada por pre-conceptos, pintada de negros y blancos.

Se nos olvidó la empatía, y nos convertimos en seres egoístas, extremadamente individualistas. Incapaces de sentir o entender, más allá de nuestra piel.

No pensamos en crear mentes críticas y analíticas. La educación se volvió encasillada, y selectiva. Decidimos que era mejor adoctrinar, castrar pensamientos e impedir la diversidad.

El no tener agua, alimento o educación, nos dejó de interesar, siempre y cuando, no fuéramos nosotros los carentes.

Quisimos olvidar que todos somos parte del mismo engranaje de vida. Justificamos las injusticias, las hambrunas, la pobreza, la desnutrición, los desplazamientos, las migraciones. Aplaudimos el exceso, y juzgamos la carencia. Nos dedicamos a consolidar el éxito, entendido como opulencia, despilfarro y hartazgo.

Nos olvidamos de lo que verdaderamente importa. Dejamos de lado la honestidad, la decencia, la palabra, la sensatez, la honradez.

Nos convertimos en marionetas de un sistema. Dejamos de lado el juicio crítico, el análisis, la razón. Y nos llevaron como rebaño, incapaces de pensar, por un camino predeterminado.

Y aunque la ciencia avanzara, quisimos seguir enquistados en creencias rancias, charlatanería y fanatismo.

Decidimos escoger a gobernantes incapaces, ausentes de liderazgo e indigestos en ego y megalomanía.

Y adoctrinados como estábamos, decidimos que no nos importaba si se llevaban la hogaza completa, siempre y cuando, nos tocaran unas cuantas migajas.

No quisimos enterarnos de que nuestra incapacidad, nacía precisamente de esa educación pobre, deficiente y desvirtuada que nos dieran.

E incapaces de entenderlo, reelegimos una y otra vez a los mismos gobernantes que nos habían robado. Aquellos que habían malversado los ahorros de nuestra nación, destruido nuestro futuro y nuestra esperanza.

Le dimos tarima y escenario, poder y fuerza, a individuos con deficiencias abismales, pero con una capacidad infinita para el engaño y el descaro.

La indiferencia se instauró, y empezamos a pensar que ya nada valía la pena. Ni elevar la voz, ni reclamar, ni protestar. No valía la pena.

Nos acostumbramos a la corrupción intrínseca, y fuimos parte de ella.

Dejamos de exigir transparencia, porque no nos afectaba directamente, no era nuestro problema (o eso quisimos pensar).

Creímos que podíamos alterar la naturaleza, masacrarla, desangrarla, utilizarla… y que nada pasaría. Creímos ser los dueños del planeta. Y alteramos su equilibrio.

Y llegó una pandemia (quizás cruzamos una línea que no debíamos cruzar).

Y realizamos entonces, que el equilibrio era necesario, la empatía indispensable.

Que lo que sucedía a cientos de kilómetros de distancia, en la otra esquina del mundo, nos afectaría de manera irreversible y catastrófica.

Entendimos que todos estábamos conectados en esta cadena de vida, que hace que cada eslabón sea indispensable. Aprendimos que no podíamos jugar con el clima, porque habría consecuencias. Que no podíamos mirar hacia otro lado ante las injusticias sociales, porque esta humanidad nuestra, a la que tanto decimos amar, actúa como un reloj de precisión, en el que cada componente es indispensable e importante, para mantener el equilibrio.

Aprendimos… ¿O no?

Porque hoy tenemos ignorancia, hambre, ausencias, y estamos frente a la mayor tragedia social que nos ha tocado vivir como República.

Todos estamos en el mismo mar, cierto, pero agarrados de troncos de distinto calibre.

Hoy mueren 30 panameños por día, y seguimos sin entender lo que pasó o lo que debemos hacer. Seguimos sin tener políticas claras, sin un plan estratégico integral a corto, mediano y largo plazo.

Tenemos líderes ausentes, tan osados, tan incapaces y tan desalmados, que en medio de la incertidumbre, el hambre, el miedo y las muertes, han logrado desviar fondos públicos y desaparecerlos, de manera magistral.

Hemos equiparando ciencia y opinión, en el que ha sido uno de nuestros mayores errores.

Jugamos a la política, apostando nuestro futuro.

Sin gobernanza, y sumergidos en la anti-ciencia.

No sé si nos quede tiempo, pero debemos actuar hoy.

Llegamos al punto de inflexión. El momento es ahora.

“El aleteo de las alas de una mariposa, se puede sentir al otro lado del mundo”

La autora es algióloga orofacial y escritora.



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