“Convivimos con una idea falsa sobre los años de dictadura en España”


Cuando falleció su padre, sintió una espina clavada en el pecho. No le había preguntado lo suficiente sobre su pasado. En parte, fue este vacío el que le motivó a lanzar Regreso al Edén (Astiberri): no iba a cometer el mismo error con su madre, Antonia. La nueva novela gráfica de Paco Roca parte de una fotografía familiar tomada en 1946, en la valenciana playa de Nazaret, cuando todavía no se había convertido en puerto. Dicha instantánea es la única que Antonia conserva con su madre. ¿Cómo era la vida de las familias humildes durante la posguerra?, ¿cómo soportaban el hambre?, ¿y el miedo?, ¿a qué se aferraban? En su último libro, el artista dibuja un fresco de la dictadura franquista repleto de referentes autobiográficos, sensibilidad y una búsqueda profunda de la memoria.

¿Qué hay detrás de este homenaje ahora a su progenitora? Esta historia surge a partir de La casa (Astiberri). Ese cómic lo hice porque mi padre acababa de morir. Cuando me puse a escribir una especie de biografía sobre él, me pregunté: ‘¿Qué sé de su vida?’. Entonces, me di cuenta de que apenas podía completar dos hojas de un word. Fue una decepción. Para que no me pasara lo mismo con mi madre, empecé a grabar testimonios. Quería averiguar cosas de ella y del resto de la familia y, de repente, di con esta foto. La había visto mil veces en la mesita de noche que tenía mi madre en la habitación. No quería que se perdiese el interés que guardaba toda esa vida. 

Su familia no es consciente de la importancia que tiene la fotografía para Antonia. Ni siquiera le preguntan por ella. ¿Piensa que vivimos cada vez más desconectados de nuestras raíces? En cierta forma, sí. Los familiares a los que les pregunté tenían todos unos 80 años. Que les pongas un micro y les preguntes por su vida, su infancia… es para ellos una gran experiencia y una gran oportunidad. Por fin han podido contar algo que, más allá de pequeñas anécdotas, nunca nadie les había preguntado. Me parece interesante poner voz a las personas que nunca serían protagonistas de una historia. Sus vidas son las más normales del mundo, sin grandes desgracias, pero agradecen hablar de ello.

En una viñeta, escribe: “En aquella democracia orgánica de Franco, si realmente había algo democrático era la miseria”. Tengo interés por saber cuál es mi papel dentro de esta sociedad y me parece interesante hablar de ello con rigor. Vivimos una anormalidad en España en muchos sentidos. Nuestro pasado reciente está politizado; y también lo están todas esas cosas para las que debería haber un mutuo acuerdo, las que defendemos y las que condenamos. Yo he cogido los testimonios de mis familiares, pero al mismo tiempo he hablado con historiadores y he buscado información en diferentes lugares para saber si la miseria que vivían la sufría un sector amplio, y me lo han confirmado. Todavía, por diferentes motivos, seguimos conviviendo con una especie de falsedad ante los años de dictadura. Otro de los hechos que se rememora todavía como un buen acto de Franco fue que nos mantuvo fuera de la Segunda Guerra Mundial, que era un gran estratega y consiguió burlar a Hitler. Esto es una falsedad tremenda que creó el Franquismo y aún se mantiene. Hay gente que la defiende. En otros países no sucedería así, porque se ha llegado a una especie de consenso incluso entre los historiadores. Sin embargo, todavía hay pseudohistoriadores en España que siguen defendiendo este tipo de cosas sin ninguna base. En cambio, hay otros expertos serios que aportan pruebas de que esto no es así y quedan en el mismo cajón que la gente que opina lo contrario. En nuestro país es difícil encontrar un poco de luz sobre cómo tiene que ser la realidad.

Dice que en España se sabe poco del franquismo, pero la palabra facha se escucha a diario en la boca de la izquierda y de la derecha. Creo que hemos llegado a un punto en el que todo se confunde. Hemos tardado demasiado tiempo en tener una Ley de memoria histórica. Mantenemos el sentido de la equidistancia, del no ofender, y eso es un error. Es como si en Alemania no se hablara del nazismo para no ofender a los nazis. Pues no. Cuanto más hablemos de este tema, mejor. Hay un sector de la derecha en España que es la herencia del franquismo. Y, por otro lado, la izquierda se ha apropiado de cierto victimismo sobre la Guerra Civil y el franquismo. Eso genera un contrapeso para el otro lado que quita valor a lo que defiende la izquierda. Al final, en nuestra historia se han generado dos posiciones cuando no debería ser así. Cualquier demócrata debería condenar determinadas cosas, fuese de un lado o de otro. 

¿Piensa que Regreso al Edén podría cambiar la forma de pensar de algunas personas sobre el franquismo? Me gustaría que fuera así, aunque hay que entender que se trata de una ficción y no de un ensayo. También es cierto que, en muchas ocasiones, los ensayos abordan algunas etapas sin llegar a empatizar del todo. La historia se enseña con grandes cifras pero nunca se centra en el día a día de las personas, en si eran felices o no. Las novelas nos ayudan a conectar con la gente de a pie. Es cierto que, tal y como cuento en la historia, la memoria es así de selectiva. Incluso los momentos de gran miseria los pintas con esa capa de nostalgia, de un tiempo que fue bonito. Pero cuando hay personas que te cuentan, con una media sonrisa, que había días que se acostaban sin haber comido en todo el día, que no podían dormir por culpa del hambre… Ellos te cuentan cosas y te dicen sin rencor: ‘Pues bueno, es lo que nos tocó vivir’. 

¿Por qué es tan importante el componente religioso en este cómic? En esta historia se trata la recreación y la idealización de un pasado que se debe lograr. Antonia hace lo mismo que hizo el franquismo: pensar en ese glorioso pasado de los Reyes Católicos, en ese supuesto bienestar. La historia, muchas veces se ve desde arriba. La Iglesia crea un lugar idílico. Primero nos enseñan lo que perdimos para que lo recuperemos con sufrimiento. Todos los nacionalismos tienen esta visión: ‘Hubo un momento, si no perfecto, muy bueno. Un enemigo nos lo quitó pero, si luchamos juntos, lo recuperaremos’. Además, en aquel momento, la mayoría eran creyentes, como mi madre. Ellos pensaban que Dios les iba a ayudar y a darles ese paraíso prometido, pero Dios no era de los rojos. Ellos no iban a tener un perdón en el cielo. Una parte fuerte de la Iglesia fue ese punto vengativo que tuvo y que puedes entender desde el punto de vista del franquismo, pero no de una religión que proclama el amor o el perdón.

El paso del tiempo es un elemento común en casi todas sus historias. ¿Es que le atemoriza? Yo creo que sí. Pienso en esa inestabilidad de las circunstancias. La vida pasa: hay un punto inevitable contra el que no puedes luchar y solo te queda aceptarlo. Eso también nos coloca en nuestro lugar en el universo. En Regreso al Edén tengo en cuenta eso: lo pequeños que somos, lo efímera que es nuestra existencia. Te das cuenta del poder de la memoria: contamos siempre con el pasado, y eso a veces nos consuela, pero también es una perversión. 

¿Una perversión? Saber que pertenecemos a algo más allá de nuestra existencia nos ayuda a mantenernos cuerdos. Nosotros, quizá, moriremos, pero va a haber alguien que perpetúe nuestra vida. Esas cosas me sorprendían de gente como mi padre. Llegado a una edad de 80 años, un poco antes de la enfermedad, él todavía estaba plantando árboles. Y, claro, tú puedes pensar: ‘¿Para qué, si no lo va a ver crecer?’. Seguimos pensando que después de nuestra existencia el mundo sigue, y caemos en esas perversiones, en pensar que podemos ser eternos, en que siempre hemos existido y siempre existiremos.

La crítica dice que ha revolucionado el mundo del cómic en España, pero usted insiste en que es un “humano” más. Quizá esa sea la clave de su éxito, que sus ojos miren al mismo nivel que los del resto. En realidad, todos los autores somos inseguros. Yo soy el más crítico con lo que hago. Cuando recibo elogios, yo sé de verdad que no son así. Conozco a gente que es buenísima y, desgraciadamente, no ha podido tener la repercusión que he tenido yo. Sé el lugar que ocupo en todo esto y es más una cuestión, en muchos casos, de foco mediático que de otra cosa. Pero es sano ser crítico con uno mismo. Se crea mejor desde esa posición que desde la otra. Si estás en la cima, ¿qué haces? Es mejor crear desde el deseo de superación, nunca desde el limbo.

Dio el salto definitivo a la fama con Arrugas. ¿La fama es diferente para un dibujante que para, por ejemplo, un famoso del cine o de la tele? ¡Sin duda! Digamos que es la fama perfecta. Bueno, y en mi caso es de medio pelo. Es bonito porque la gente que te reconoce es la que ha leído tu libro, la que ha hecho un esfuerzo por conocerte. Eso es muy gratificante. He coincidido con algún personaje de la televisión muy conocido y hay gente que nos ha parado por la calle, sin ningún tipo de educación, para hacerse una foto con esta persona… Son esas cosas de ese tipo de fama: enciendes la televisión, ves a esa persona y ya sientes que te pertenece; pero, en mi caso, es distinto. Mis seguidores son muy respetuosos, me comprenden a partir de mi obra. Puedo llegar a tener un diálogo muy cercano y muy íntimo con ellos. Cuando un lector me dice que ha vivido una situación similar a la que cuento, por ejemplo, en Arrugas, me parece gratificante. Al final, siempre buscamos que nos entiendan.

Su trabajo se comprueba en decenas de carteles y libros. También ha expuesto y ha colaborado con artistas, festivales… ¿Le queda algo por hacer en la parcela artística? Incluso hago radio, que es una manera de contar cosas sin ninguna preparación. El mundo del cómic me gusta porque no tienes que convencer a nadie para que te dé millones de euros para hacer tu proyecto. En realidad, me siento feliz y pleno con todo.

¿Qué le gusta hacer a Paco Roca fuera del estudio? La verdad, me ha venido bien el confinamiento para tener un poco más de tiempo. Prácticamente, desde que se publicó Arrugas, raro es el mes que no viaje. Tenía ganas de tener tiempo libre. Me gusta disfrutar más de la familia, estar con mis niñas pequeñas. He recuperado la lectura, me he puesto al día con series… y he redescubierto esa casa familiar, ese refugio de tranquilidad, como en el cómic La casa. Me he visto heredando el sueño de mi padre que nunca pensé que heredaría. Como cuento en el cómic, llegué a odiar esa casa, no entendía cómo mi padre podía estar ahí. Y ahora, mira, mantengo su rol: me encanta cuidar las plantas, podar… Mantener la casa se ha convertido en un hobbie.



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