Sergio Ramírez: “La literatura es un desafío para toda la vida”


“Sentí en la memoria el sol tórrido y vi los altos volcanes, los lagos de agua azul en los antiguos cráteres, así vastas tazas demetéricas como llenas de cielo líquido”, (Darío, 1909). Esto dijo Rubén Darío sobre Nicaragua, país que nos ha dado grandes maestros de la literatura en español, desde Ernesto Cardenal hasta Claribel Alegría, pasando por Gioconda Belli y el más reciente Premio Cervantes, Sergio Ramírez, quien vino a Bogotá para dejarnos algo de su sabor centroamericano.

Con su caminar de mito viviente, de hombre que luchó con sus ideas como arma esencial contra los Somoza e hizo parte de la revolución de un pueblo que buscó su libertad, Ramírez vino a hablarles a los estudiantes con la fuerza de su voz sosegada. La misma con la que intercambió ideas junto a cercanos amigos como Julio Cortázar, Juan Rulfo, Eduardo Galeano, José Donoso y Gabriel García Márquez. El año pasado, el Premio Cervantes llegó a su vida y no lo cambió ni un ápice. No importa si nadie o el cielo lloran, pues uno de sus más exquisitos personajes, Dolores Morales, miembro de esa cofradía de antihéroes de la novela policiaca latinoamericana conformada por Héctor Belascoarán Shayne, Edgar “El Zurdo” Mendieta, Mario Conde, “Coyote” y Heredia, ha regresado desde Managua para alojarse en nuestras bibliotecas y así mostrarnos otra latinoamericana forma de morir. A través de su incursión en el género negro, reconocemos el clima de corrupción y conflicto común a nuestros países, de la mano de cierto surrealismo de hechos que parecieran pertenecer a la ficción. El poder como titiritero del crimen y la suciedad política sazonan sus letras, haciendo de sus textos obras magníficas del género, demostrando que está más vivo que nunca.

¿Qué lo motivó a hacerse escritor? ¿Cuáles son las lecturas que más recuerda?

La necesidad, realmente. Uno elige contar historias porque siente que algo lo motiva desde adentro… Cuando me preguntan cuál fue el primer libro que leí, generalmente respondo que todos los de Salgari o los de Robert Louis Stevenson. Pero lo cierto es que no los leí, sino que los oí. Soy hijo de aquella generación criada con la radio. Aprendí a tener una cierta atracción por las voces, más que por las registradas en lo impreso. Luego, cerca de la adolescencia, comencé a leer en forma, especialmente a Alexandre Dumas. El conde de Montecristo fue para mí una lectura fundamental, quizá al mismo nivel de lo que llegó a significar después Antón Chéjov, que me permitió entrar a un mundo del que ya no he vuelto a salir y del que me siento muy complacido.

¿Cuál es el significado que la literatura tiene para usted?

Es un oficio vital. No lo sustituiría por nada. Para mí, es una necesidad, algo sin lo que no podría vivir. Lo es todo.

¿Qué se siente al ganar el Premio Cervantes? ¿Es un logro para la literatura nicaragüense?

Puede verse como el reconocimiento a una carrera literaria que ha sido erigida con perseverancia. Yo empecé con esto cuando tenía 17 años. Ha pasado el tiempo. Pero no veo esto como una excusa para detenerme y decir “hasta aquí llegué”, sino una motivación de más para continuar en este oficio, del que no existe retiro posible. La escritura es una actividad de por vida.

¿Cómo le va a la narrativa en su país? ¿Cuál es la relación de esta literatura, y la suya propia, con Colombia?

La literatura nicaragüense parte de la figura de Rubén Darío, indudablemente. Él encabezó una gran revolución de la lengua que se dio a finales del siglo XIX e inicios del XX. Algo que invadió todos los géneros, desde el cuento y la novela, pasando por el periodismo, hasta la poesía. Hoy en día se está pasando por un momento florido en el que toda esta herencia se ha decantado por una generación de prosistas muy jóvenes que se han sabido narrar en un tiempo convulso. Ahora bien, hablando de Colombia y su literatura, debo decir que el primer acercamiento que yo tengo es con La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera. Es un libro al que siempre le he sido devoto por el hecho de que me convenció del poder que tiene la literatura para hacer que cualquier mentira pueda verse como una verdad. Cuando leí por primera vez esta novela, yo estaba realmente convencido de que a Arturo Cova se lo había tragado la selva. Es la fascinación que tiene la literatura: hacer de la ficción la realidad más pura.

Se le describe como uno de los escritores más destacados de la generación post-boom pero, ¿qué hay de su relación con estos autores?

Los he leído a todos, pero no a todos los conocí. Tuve encuentros, sí, con Juan Rulfo, García Márquez y Cortázar. A Neruda lo vi de lejos. En aquella época, él era toda una celebridad, casi una estrella de cine. Eso fue en 1970, en Caracas.

¿Cómo fue su primer encuentro con Julio Cortázar? ¿Qué puede decir de aquel viaje a Solentiname?

Cortázar llegó a Costa Rica para dar una conferencia, invitado por el Ministerio de Cultura. Allí lo conocí y bueno, nos hicimos amigos. Él plasmó esa experiencia en un cuento que se llama Apocalipsis en Solentiname. Un tiempo después nos encontramos en la Feria del Libro de Fráncfort, hacia 1976. En ese momento, Latinoamérica era invitada al evento y nos reunimos varios escritores. Estábamos él y yo, Vargas Llosa, Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, Manuel Puig, José Donoso. La literatura nos unió hasta su muerte y, quizá, aún entonces.

¿De qué manera lo ha influenciado la obra del escritor argentino? ¿Puede haber algo de ello en su nueva novela?

Yo leí los cuentos de Cortázar al mismo tiempo que leía la obra de Borges. Recuerdo que en una revista argentina vi una caricatura que luego fue muy significativa para mí; era una imagen de Kafka con la cabeza abierta, de allí salía Borges, y de la cabeza de este salía Cortázar. De manera que, a estos tres autores los leí en simultáneo. Leer al uno era estar asistiendo a la obra del otro. Los tres me enseñaron muchísimo. Sin duda alguna, he acogido ciertas cosas de estas lecturas. Pero en esta nueva novela no hay influencia directa; sí la hay indirecta, por supuesto.

¿Cuál es el argumento de “Ya nadie llora por mí”? ¿Es posible ubicar esta historia dentro de lo que se denomina como “género negro”?

Yo había escrito antes El cielo llora por mí (2008), en el que el protagonista es el mismo personaje de esta nueva novela. Yo quería hacer un panorama muy fiel de la Nicaragua contemporánea; sin embargo, uno no escribe novelas para estas cosas, para eso están los ensayos. Pero tomé como base de la narración aquello contemporáneo que me interesaba tratar. Sabía, entonces, que para ello necesitaba al inspector Dolores Morales. Es un guerrillero que después entra en la policía, termina en la división antinarcóticos, se enfrenta a la vida con un humor negro bastante particular. Es un tipo que se resiste a quedarse dormido entre las páginas. En este orden de ideas, esta novela podría ubicarse dentro del género negro latinoamericano, claro. Es más negro todavía (risas). La realidad de este continente alcanza a superar, en muchas ocasiones, a la ficción.

¿Seguirá escribiendo o contempla una “jubilación”?

La jubilación en este oficio no existe. Si dejas de escribir, te mueres. La literatura es un desafío para toda la vida.

¿Cuál es la palabra más bella del español?

Cabanga. Es una palabra de origen africano que usamos mucho en Nicaragua para referirnos a la nostalgia que produce la partida de una persona querida.




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