¿Qué relación hay entre la depresión y la tiroides?


Pregunta

Mi madre tuvo una depresión muy fuerte, estuvo internada en una clínica psiquiátrica y no andaba bien. Un psiquiatra le pidió un análisis de la tiroides y resultó que era eso lo que no le andaba bien. Le dio un remedio para eso y ahora está regia. ¿Es posible que pueda ser así? María Julia L., América

La glándula tiroides está situada en la parte anterior del cuello, delante de los cartílagos de la laringe, tiene forma de alas de mariposa, pesa alrededor de 25 gramos y su principal función es la de producir hormonas tiroideas. A su vez, su funcionamiento está regulado desde la hipófisis a través de otra hormona, llamada TSH.

Esta glándula está estrechamente vinculada al normal funcionamiento de diversos órganos, en especial, el sistema nervioso central.

Sus acciones sobre él merecen ser destacadas, ya que cuando la tiroides funciona mal (o es extirpada) ocasiona síntomas similares a los que producen enfermedades típicamente psiquiátricas.

Por ejemplo, en el hipotiroidismo son comunes el cansancio, la sensación de letargo, la somnolencia, el desgano, los dolores de cabeza, la pérdida de memoria, la falta de concentración, dificultad para realizar cálculos, disminución de la libido, todos síntomas exactamente similares a los que se observan en los estados depresivos.

A la inversa, en el hipertiroidismo se observa hiperactividad, taquicardia, nerviosismo, insomnio, irritabilidad, que es habitual confundir con ataques de pánico o episodios de aceleración o excitación.

Las principales hormonas que fabrica la tiroides se llaman T3 y T4.

En el feto humano, el receptor T3 (el sitio donde actúa la hormona) está presente desde la 10ª semana de gestación, lo que indica que la hormona tiroidea –ya sea de procedencia materna o fetal– tiene efectos precoces en el cerebro fetal humano.

Es imprescindible para el normal desarrollo y maduración del cerebro durante el embarazo y en los primeros años de vida.

El hipotiroidismo fetal y/o neonatal ocasiona defectos de mielinización, en la migración y diferenciación neuronal lo que origina retraso mental –que puede ser profundo– y en ciertos casos alteraciones neurológicas irreversibles.

Por tanto, en la actualidad, ya no existe duda alguna de las acciones de las hormonas tiroideas sobre el cerebro pero también sobre la mente y el estado de ánimo.

La T3 aumenta los niveles cerebrales de serotonina, una sustancia química clave para un adecuado y equilibrado estado anímico.

Es el mismo efecto que producen los antidepresivos, por lo cual se puede afirmar que la T3 actúa efectivamente como un antidepresivo.

Esta es la razón de por qué ningún psiquiatra deja de evaluar la tiroides en todo paciente con depresión y también en aquellos que no responden a los tratamientos con fármacos antidepresivos ya que las hormonas tiroideas incluso potencian y amplifican la acción de los antidepresivos aunque no existan desórdenes tiroideos.

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Esto implica, en pocas palabras, que los pacientes con depresión y que no mejoran con los psicofármacos pueden cambiar ostensiblemente si se les agrega T3.

El parentesco entre una enfermedad tiroidea y un trastorno psiquiátrico obliga siempre al psiquiatra a realizar de manera rutinaria la evaluación de la función tiroidea en todo paciente que consulta por una patología emocional y, más aún, en aquel que ha experimentado una pobre o nula respuesta al tratamiento con antidepresivos.




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