Falstaff en los tiempos del #MeToo | Cultura


John Falstaff sigue muy vivo en su trascendencia atemporal. El personaje que Shakespeare ideó para Las alegres comadres de Windsor fue el elegido por Verdi para despedirse con una lección: “Todo en el mundo es burla”. También es el título que ha programado Pedro Halffter Caro estos días en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, junto al espléndido barítono búlgaro Kiril Manolov y un reparto fino y eficaz, a la altura.

Sabía bien el genio italiano que sir John le sobreviviría con salud, abrevando en su tonel de cerveza y pasado de kilos, por los siglos de los siglos. Frente al misticismo y un sumo desprecio a la especie con que su oponente Wagner quiso dejar testamento por la vía de Parsifal, Verdi eligió la empatía con sus semejantes y el fango de las debilidades humanas en tono de comedia. Fue su última ópera, alumbrada cuando nadie esperaba nada de él, más allá de la amargura que proyecta Otelo.

Quiso finalmente hacer mutis carcajeándose con una de sus obras más carnales y, ahora vemos, más feministas. La vitola elefantiásica de John Falstaff se nos presenta fresquísima en los tiempos del #MeToo. No por el retrato de un patético acosador del que se mofa la peña —y finalmente, él mismo— a base de sus ínfulas de don Juan con 150 kilos. No por ese constante reto pecador y dionisíaco al mundo mundial o por su corte de mangas a las condenas sin fianza de las bajas calorías, presumiendo de panza y abdomen… sino por cómo se enfrentan a sus intenciones las mujeres que pululan bajo su radar de desaforada libido.

Las comadres podrían convertirse hoy por hoy en toda una bandera firme para esta era del frenazo en seco al acoso. Falstaff nos valdría como un Harvey Weinstein, si no fuera porque aprende bien rápido la lección y, ni que decir tiene, cae mucho mejor que el depredador hollywoodense. Sobre todo si su historia resuena en la voz de Kiril Manolov, acompañado de una impecable Nicole Heaston (Alice Ford), el refrescante descubrimiento de la asombrosa madrileña Natalia Labourdette (Nanetta) y la más que solvente Elena Zaremba.

Es un reparto de altura el que ha armado Halffter para este Falstaff, estrenado el viernes en la Maestranza. La temporada que el director español ha pasado con la Orquesta del Teatro Verdi, dice él, le ha conferido un conocimiento cercano de la personalidad epidérmica de su música. Justo eso es lo que transmite en su visión. Un juego de diatribas y movimiento, sin caretas ni pasos en falso. Muy transparente, alejado de tanteos y despistes. Directo, expresivo, acorde a su vértigo teatral.

La actitud y la acción se sobreponen una esfera más allá de la emoción. Porque eso es Falstaff. Más un complejo y cristalino nudo de vida que una baratija de sentimentalismo con moraleja. Una peripecia sagaz, construida con sorna, malicia, sapiencia y una profunda comprensión de la miseria y grandeza humana. El triunfo de la trascendencia mundana frente a la especulación divina, servido en un recipiente de música asombrosa, rompedora, arriesgadísima como nueva forma buscada a conciencia dentro del género.

Y para ello, nada mejor que buenas dosis de puro teatro para acompañar. La buena música salta de la partitura. El mérito es serle fiel y encajar cada fogonazo de una orquestación en apariencia fragmentada dentro de un todo coherente. En un torrente que corre detrás de ese juego escénico, basado en la acción constante en busca de un acuerdo que base su eficacia junto a una adecuada dirección en el escenario. En este caso, si superamos la primera impresión de un decorado tirando a casposo y nos centramos en el trabajo de los cantantes y el coro como una acertada coreografía actoral, la propuesta del director escénico, Marco Gandani, aprueba.

La escenografía y un vestuario isabelino de enagua, jubones, baúles de mimbre y mobiliario de parador años setenta, solo puede entenderse como un guiño grotesco. Más cuando Gandani se enmienda a sí mismo y lleva hacia la desnudez y la abstracción las escenas del bosque. Lo salva siempre una eficaz dirección de los cantantes, que resaltan la frescura, la naturalidad en la línea vocal, acompañada de ingredientes bufos más que atinados, medidos y oportunos.

Son tan solventes y andan tan a tono con la filosofía de la obra que lo anticuado de la estética en los primeros actos ni siquiera importa. Todo fluye además, contagiado por la presencia escénica de Manolov. El búlgaro pivota como un revulsivo absoluto de la acción, sutil incluso en su propuesta paródica, ágil en su desmesura calórica, contundente y absolutamente creíble en su credo epicúreo. Eso es lo que cuenta en el arte de la ópera. Más allá de los artificios visuales brilla la verdad del juego teatral en pos del canto. Y en este Falstaff, es lo que predomina.




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